lunes, 26 de noviembre de 2012

PEQUEÑOS EPISODIOS QUE DEJAN HUELLA. EPISODIO 2: EL CURA


Debo reconocer que "gracias a Dios no soy creyente"

Tengo mis razones.

Las cosas cambian. Yo iba a un colegio de curas de esos donde una misma persona sabe de mucho, como si del síndrome de Nemo padecieran, y en realidad te enseñan mal muchas cosas en vez de bien unas pocas.

En quinto curso yo quería ser misionero, me veía en América de Sur ayudando a los más necesitados en su enseñanza.
Esto era producto de que venían a clase misioneros que allí ejercían y nos hablaban de las maravillas que se producían en las gentes cuando se les hablaba del camino a seguir. Eramos muy jóvenes, íbamos a misa dos veces al día (por imperativo), cantábamos canciones de alabanza al misericorde, en definitiva, estábamos en el lugar adecuado para salir todos como el Padre Apeles (y no me refiero a eso de ser aficionados a los canapés ni al papel cuché).

He llegado a ser hasta monaguillo y ayudar al sacerdote de turno a oficiar la misa dándole acceso a los elementos sagrados para que lo compartiera con la ferviente afición.

Llegó un momento en que me plantee si eso era todo tan bonito o estaba siendo fruto de una alienación.

Un hecho me hizo perder la fe, un hecho repetido.
Después de clase había clases complementarias, algunos nos quedábamos para realizar actividades que no entraban en el programa de las clases ordinarias. Yo hacía entre otras cosas algo de kárate.
Pues bien, tenía la costumbre de comerme un bocadillo de considerables dimensiones después del entrenamiento.
Había otra costumbre que no me gustaba tanto. Había un cura procediente de Madrid, viajado y culto, que tenía la costumbre de abordarme si me veía en los pasillos y pedirme un mordisco de mi vianda.  Sobra decir que cuando me llenaba de babas mi merienda yo rabioso la tiraba con furia y asco a la papelera, a escondidas.

Tanto se repetía el tema que harto de disimular complacencia para que el enviado del de arriba no tomará represarias en clase, realicé el acto de "desprendimiento violento e involuntario" del bocadillo delante de su mirada.
Sorprendido de que un niño no quisiera compartir babas con un viejo me preguntó el motivo y yo le dije con los ojos inyectados en sangre que mi comida era mía y que no la quería compartir con nadie y menos con él.

Viendo Friends años después me sentí totalmente identificado con Joey.

El acto no tuvo grandes consecuencias. El valoró mi muestra de personalidad y no volvió a pedirme un mordisco del bocadillo. No me puteó en clase e incluso creo que me puntuó por encima algún examen.

La otra consecuencia es que a partir de ese momento empecé a cuestionarme todo en mi vida, y más concretamente mis creencias y no volví a abrazarme a más fe que no sea la de creer en mi mismo.



4 comentarios:

Luis Heras dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Cari dijo...

Hola Carlos, yo fui a uno de monjas…esos puntos suspensivos, dicen, o quieren decir lo que no voy a decir (perdón por la redundancia).
//La otra consecuencia es que a partir de ese momento empecé a cuestionarme todo en mi vida, y más concretamente mis creencias y no volví a abrazarme a más fe que no sea la de creer en mi mismo//.
Estamos en lo mismo Carlos.
Un abrazo, buena entrada.

Rosa dijo...

Un placer conocer tus letras. Con tu permiso me quedo.
En la vida siempre es mejor cuestionar las cosas que seguirlas a pies juntillas.

Besos desde el aire

CARLOS dijo...

Hola Cari, ya se yo como piensas...jeje

Hola Rosa, ponte cómoda...es tu casa.


Abrazos a las dos